domingo, 25 de septiembre de 2016

Con un corazón compasivo

En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda la parábola del hombre rico a cuya puerta se encontraba un pobre llamado Lázaro (Lc 16,19-31).

Si el rico va al infierno una vez que muere, evidentemente no es porque fuera rico, sino porque su corazón era duro como la piedra e inmisericorde. Y su ceguera era tal -tan ocupado en sí mismo estaba- que ni siquiera reparó en el hombre que, cubierto de llagas, estaba a su puerta.

Vamos a pararnos a considerar cuántos "Lázaros" están echados a la puerta de nuestra casa esperando un gesto, una palabra de nuestra parte que alivie sus heridas, que calme sus dolores. No nos engañemos pensando en las personas que sufren lejos de nosotros y que, en determinados momentos, nos hacen parecer ante nosotros mismos como compasivos. Esa compasión y ese dolor que sentimos por aquellos a quienes no podemos remediar es una farsa, créeme.

La verdad se nos impone en la existencia real de esa persona que tiene hambre de tu sonrisa, de tu atención, de tu cuidado, de tu delicadeza y de tu paciencia... y que no está lejos; la encontrarás en tu misma puerta. Fíjate y la verás. Abre tus ojos pero, ante todo, abre tu corazón y déjate conmover por su necesidad de calor humano. ¡¡¡Hay tantas formas de demandarlo!!! ¿O es que estás tan ocupado en lo que no puedes solucionar que no reparas en quien está a tu lado y necesita la suavidad y la delicadeza que emanan de un corazón compasivo?



sábado, 24 de septiembre de 2016

Con sinceridad salvaje

Nos cuenta Lucas hoy en su Evangelio (9,43b-45) que, a pesar de que Jesús anunciaba a los suyos Su Pasión, los discípulos no lograban entender lo que les decía. Les resultaba oscuro, puntualiza el evangelista, y no cogían el sentido de las palabras de su Maestro.

Aunque nosotros ya hemos recibido el Espíritu Santo que nos va enseñando y haciendo comprender lo que el Señor quiere decirnos en cada momento de nuestra vida -los discípulos tendrían que esperar la llegada del Paráclito en Pentecostés para entender lo que ahora se les hace del todo incomprensible-, también nos sucede en muchas ocasiones que no logramos comprender lo que sucede; que no encontramos explicación a lo que vemos o sentimos. Y como a aquellos primeros, nos da miedo preguntar a Jesús sobre ese asunto que nos abruma o trae la tristeza a nuestra alma.

Vamos a plantear al Señor con franqueza todo lo que nos pasa; vamos a ser con Él salvajemente sinceros llamando a las cosas por su nombre... tanto como nuestros límites nos lo permitan. Claro que corremos el riesgo de equivocarnos en nuestros juicios, pero si los dejamos en manos de Jesús Él sabrá cómo rectificarlos. 

Y cuando, gracias a Su gracia y Su misericordia, hayamos descubierto en la Presencia del Señor eso de lo que nos gustaría huir, veremos cómo en algunas ocasiones Su Espíritu nos ayudará a entenderlo y, cuando esto no sea oportuno ni conveniente para nosotros, recibiremos del Defensor la certeza de que estamos en buenas manos y de que, llegado el momento, Él nos hará comprender hasta lo más oscuro.



viernes, 23 de septiembre de 2016

Leyendo entre líneas

El Evangelio de hoy comienza presentándonos a Jesús orando en presencia de sus discípulos (Lc 9,18-22). Llegado un momento, parece que el Señor interrumpe su diálogo con el Padre para preguntar a sus íntimos qué dice la gente sobre Él. 

Sin embargo, esta interrupción es solo aparente porque el Señor nunca deja de estar en presencia del Padre, unido a Él en perfecta unidad. Por eso este detalle del Evangelio puede darnos pie para pensar que Jesús también escucha a Su Padre a través de los demás.

En tu vida y en la mía sucede lo mismo. A veces parece que el Señor guarda silencio... Sin embargo los demás demandan de nosotros atención y cuidados, nos piden favores concretos, nos buscan... Y es que a través de todo eso que nos solicitan el Señor nos hace llegar su voz indicándonos cuál es la misión específica que nos confía. Sí, nuestra vocación se va concretando en la dirección marcada por las necesidades que nuestros hermanos nos trasladan. Por eso leyendo entre líneas de estas necesidades descubriremos quiénes somos para Dios.



jueves, 22 de septiembre de 2016

Y tú... ¿para qué quieres ver a Jesús?

Hoy el Evangelio (Lc 9,7-9) termina diciendo que Herodes tenía ganas de ver a Jesús porque llevaba tiempo escuchando hablar de Él.


¿Para qué quería verlo el virrey? A ciencia cierta no podemos responder a esta pregunta. Pero por aproximación podemos aventurarnos a decir que lo que movía a Herodes era la curiosidad, el morbo... ¿Cuál era su propósito al desear este encuentro? Tampoco lo sabemos: quizá pretendía acallar su conciencia, que le acusaba por el crimen de Juan. Lo que sí sabemos es que, cuando se encontró con el Señor una vez comenzada Su Pasión, Jesús no le dirigió la palabra; se limitó a guardar silencio y a soportar las burlas de este pobre demonio. Con esto nos basta para poder afirmar que las disposiciones de Herodes no eran las mejores.


Quizá podríamos preguntarnos abiertamente hoy, tomando pie del pasaje, para qué queremos ver a Jesús. Porque todos deseamos estar con Él pero... ¿para qué? Y es que sólo si deseamos este encuentro para convertirnos, para volvernos al Señor, escucharemos Su voz.



miércoles, 21 de septiembre de 2016

Respondiendo a Sus llamadas

Hoy, fiesta del apóstol san Mateo, su Evangelio nos relata el momento de su vocación (9,9-13). 


Releyendo este pasaje para meditarlo pensaba que Jesús pronuncia ese imperativo -sígueme- muchas veces al día para ti y para mí. Y es que el Señor sólo desea que Le sigamos mientras que nosotros nos quedamos enganchados, con demasiada frecuencia, en los pequeños sucesos del día: en eso que nos molesta o en aquella tarea absorbente que no nos deja tiempo ni ganas para estar, un rato al menos, en compañía del Señor.


Fíjate en Mateo: observa con qué rapidez y con qué agilidad se levanta del banco de los impuestos para seguir a Jesús. Sólo se detiene en preparar un banquete para recibir la elección de que ha sido objeto; para celebrar su cambio de vida; para hacer fiesta... 

¿Verdad que tú y yo queremos dejar lo que nos detiene con esa misma rapidez, con idéntica agilidad, y seguir a Jesús? EscúchaLe diciéndote "sígueme" cada vez que alguien o algo intenten frenarte o retrasar tu paso. Porque lo único que importa, lo que realmente es motivo para hacer fiesta, es seguir al Señor.



martes, 20 de septiembre de 2016

Una acequia en manos de Dios

La lectura del libro de los Proverbios que la liturgia nos propone hoy (21,1-6. 10.13) comienza así: "El corazón del rey es una acequia en manos de Dios: la dirige adonde quiere".

Pensaba que es ésta una bellísima imagen de lo que Jesús nos dice en el Evangelio (Lc 8,19-21): somos de sus íntimos, su madre y sus hermanos, si escuchamos Su Palabra y la ponemos por obra. Esto es vivir en la voluntad del Padre; esto es caminar en dirección a la plenitud que el Señor nos ha alcanzado con Su Vida, Muerte y Resurrección.


Ojalá que tú y yo seamos esa acequia en manos de Dios cargada de agua limpia y vivificante que, por estar en Sus manos escuchando Su Palabra y dejando que Ella tome posesión de nosotros, caminamos hacia la Vida y llevamos a los demás esa Vida que es Jesús mismo.




lunes, 19 de septiembre de 2016

Iluminar con Su Luz

Hoy Jesús nos dice que somos luz y que, como tal, hemos de alumbrar (Lc 8,16-18). 

La Luz ya la tenemos: es Su Espíritu, que nos regaló en el bautismo. Esta Luz, que brilla en nuestro interior iluminando nuestra conciencia e impulsándola a las buenas obras, es la que hace posible que vivamos vida evangélica, la misma vida de Jesús. Y vivir así es arrojar luz a nuestro alrededor, iluminar el camino de los demás.

La Luz del Espíritu sólo espera ser acogida desde nuestra libertad para actuar en nuestra vida de manera eficaz. La acción del Espíritu es infalible y nos va transformando en Cristo al ir perfeccionando Su imagen en nosotros. ¿Cómo acogerla? Dejando que la Palabra de Dios cale en nosotros: primero lo hará por la vía de la inteligencia, conforme vamos descubriendo que esa Palabra es verdadera; luego bajará al corazón, haciéndose para nosotros atractiva y deseable; por último, Su fuerza empujará nuestra acción que será entonces una acción según Dios.

¿Y para empezar? Te propongo que medites la primera lectura del libro de los Proverbios (3,27-34) en la que hoy Dios nos regala una serie de consejos para que vayamos iluminando con nuestra vida cada vez más. Mira cómo comienza: "Hijo mío, no niegues un favor a quien lo necesita, si está en tu mano hacérselo. Si tienes, no digas al prójimo: -Anda, vete; mañana te lo daré". ¿No te parece un buen comienzo?



domingo, 18 de septiembre de 2016

Un único deseo

Pienso que el salmo 112, que hemos proclamado en la Misa de hoy, nos da la clave para profundizar en las lecturas de este Domingo a lo largo de esta jornada de descanso.

Reza así: "Alabad al Señor, que ensalza al pobre". Éste mismo es el mensaje que el Señor nos hace llegar por medio del profeta Amós (8,4-7): Dios no olvidará las acciones de quienes explotan y se aprovechan de los pobres. Y es que Él mismo hace propia la causa de los que son maltratados y se convierte en Su protector y defensor.


Y el Evangelio ( Lc 16,1-13) nos da una pista acerca de cuál es la pobreza a la que se está refiriendo la Palabra de Dios hoy: se trata de la actitud del que sabe que todo lo que es y lo que tiene lo ha recibido por pura liberalidad divina y, por eso mismo, se comporta como mero administrador de todos esos bienes que no son suyos en propiedad. 

Un administrador sagaz, cualidad que es alabada por Jesús en este fragmento del Evangelio de Lucas, es aquel que pone todos sus dones y habilidades en juego para lograr el único y definitivo premio: el conocimiento de Dios en esta vida, que facilita el crecimiento en el amor que Le debemos,  y la posesión plena de ese Dios Amor por toda la eternidad. Me parece que es esta posesión plena a lo que se refiere el Señor cuando nos dice que se nos dará "lo nuestro" si somos de fiar en lo ajeno, que es todo aquello que nos ha dejado en depósito para lograr alcanzarlo a Él.


Vamos a ponernos manos a la obra; vamos de invertir fuerzas, tiempo, ilusión, cualidades... hasta dinero, ¡claro que sí!, en conocer al Señor cada vez más para poder amarlo cada día mejor. Pido para ti y para mí que este deseo, que Él mismo ha puesto en nuestro corazón, vaya echando raíces y creciendo hasta convertirse en el único deseo de nuestro corazón. Vamos a hacernos pobres de todo lo que no es Dios para que Él se convierta en nuestra única riqueza.






sábado, 17 de septiembre de 2016

Prueba y verás...

Hoy Jesús nos propone meditar la parábola del sembrador (Lc 8,4-5). Lo imagino esperando a que Le digamos que deseamos con toda nuestra alma ser tierra buena. Sí, de esa que da fruto al ciento por uno. ¿Quién de nosotros no desea ser este tipo de tierra...?

¿Sabes? Puede que, si prestamos atención a Su voz que resuena con suavidad y decisión dentro de nosotros, Le escuchemos decirnos algo parecido esto: "Si eso es lo que quieres, déjame que cuide tu tierra, ábrete a la lluvia de mi Palabra acogiéndola con todo el amor de que seas capaz y procurando vivirla. Si haces esto, si me dejas actuar en ti, verás con asombro cómo tu tierra germina dando abundancia de frutos que alimentarán a muchos". Prueba a escucharLe en lo más profundo de ti y verás...


viernes, 16 de septiembre de 2016

Servir con lo que somos y tenemos

El Evangelio de hoy nos dice que Jesús iba caminando de un lugar a otro acompañado de los Doce y de muchas mujeres que lo ayudaban con sus bienes (Lc 8,1-3).


Esto me hacía pensar que todo lo que tenemos nos ha sido dado por el Señor: familia, amigos, cualidades, posibilidades... Bienes de todo tipo: materiales y espirituales; todo lo hemos recibido por pura gracia de Dios. Él sólo nos pide que Le sirvamos con todo eso, como hacían aquellas mujeres que lo seguían por los pueblos y las ciudades de Palestina.


¿Cómo servir al Señor? La respuesta a esta pregunta es variada y extraordinariamente rica: somos diferentes y, por eso, nos complementamos. El Señor nos ha hecho a cada uno de un modo concreto -Él sólo sabe contar hasta uno- de tal manera que todos necesitemos de todos. 

Detente unos minutos para preguntárselo y descubrirás cómo puedes poner todo lo que eres y tienes a Su disposición para servicio de los demás.