domingo, 4 de diciembre de 2016

Vueltos al que viene

Hoy resuena potente en nuestros oídos la voz de Juan el Bautista llamándonos a la conversión ante la inminente llegada del Señor (Mt 3,1-12).

Para escucharla hemos de adentrarnos en el "desierto" de nuestra vida; avanzar con paso seguro hacia esas zonas oscuras que todos tenemos en nuestro interior o que descubrimos en la realidad que nos rodea sabiendo que contamos con la gracia para acogerlas. Sí, el Señor nos concede, si así se lo pedimos, permanecer en eso que nos hace sentir repulsión aguardando con paciencia, en silencio, Su salvación.

Hoy una voz clama en ese desierto personal diciéndonos cómo hemos de permanecer en esa realidad que, de suyo, nos escupe: hemos de "estar" vueltos al Señor aguardando Su venida. Esa es la "posición" que ha de tener nuestra "permanencia".

Permanecer siendo conscientes de que todo eso que no nos gusta, que nos aflige, entristece y molesta, que nos hace daño y nos hunde, forma parte de nuestro equipaje pero no es lo determinante. Tras haberlo reconocido tenemos que colocarlo detrás para que no estorbe nuestra visión del que viene. A Él tenemos que estar vueltos mientras esperamos Su liberación. No importa que no veamos nada, que voces agoreras nos digan que todo va a seguir igual. Sabemos que esto no es verdad porque la salvación que esperamos es la que tiene la última palabra. Y esa salvación llegará.





sábado, 26 de noviembre de 2016

Adviento




Ven… Oigo la invitación continuamente. Me llaman las personas con las que comparto la vida. Me puede la agenda y la urgencia de cada día. Tira de mí la realidad de un mundo injusto al que parece que me acostumbro. Me provocan los miles de estímulos del comercio, la publicidad, las opiniones, las noticias, los gritos… Y me llama esa voz para la que no tengo tiempo, que brota en lo más hondo y que casi me cuesta reconocer. Esa voz que suena a verdad y autenticidad, a futuro y posibilidades, a equilibrio y belleza…
Ven, te digo yo cuando consigo organizar este caos que me habita. Sin saber si me escuchas o me escucho yo mismo. Te grito cuando me agobio y cuando siento necesidad de algo más que aún no ha llegado. Siempre más… Ven, sí. Porque ya has venido otras veces y he notado que todo iba mejor entonces… Porque quizás seas lo que me falta y nos falta…
Ven, me dices tú a mí. Sí, a mí, que soy un mar de duda y contradicción. Ven, me dices, a vivir diferente este Adviento. Desde lo hondo. En la escucha y la acogida. Atento a lo que nace y a lo que haces. Con otros, quizás los de siempre pero mejores. En la esperanza y en la autenticidad. Ven. Me invitas a estrenar un camino que puede ser nuevo, si te dejo recorrerlo a mi lado.
Empieza Adviento…


    ¿Qué voces me llaman diariamente, y me confunden, me empobrecen, me debilitan y entretienen?
    ¿Cómo intuyo la voz de Dios que me susurra en lo cotidiano? ¿Por qué medios me llega?
    ¿Qué estoy dispuesto a permitir de novedad en este tiempo?
    ¿Cómo voy a dejar que Él trabaje en mi interior?
    ¿Hasta dónde puedo comprometerme más con los hermanos, con causas de justicia, en estas semanas?

    lunes, 21 de noviembre de 2016

    En las alas del Espíritu

    Hoy la liturgia nos propone el Evangelio de la viuda pobre que echa en el cepillo del Templo todo lo que tiene para vivir (Lc 21,1-4).

    La generosidad de esta mujer nos habla de su confianza en el cuidado de Dios y de su libertad absoluta para entregarse del todo a Sus planes. Su actitud es un ejemplo para los que aspiramos a vivir en plenitud la vida que se nos ha regalado siendo cada día un poco más libres.

    La libertad de no estar atado a ninguna seguridad, ni siquiera a la que apunta a la satisfacción de las necesidades más básicas del ser humano, es necesaria para ser sólo del Señor, para que Su Nombre y el de Su Padre sean los que nos identifiquen como sucede con los ciento cuarenta y cuatro mil de los que nos habla la lectura del Apocalipsis (14,1-3. 4b-5). Esos son los únicos que pueden aprender el cántico nuevo de alabanza al Dios Señor de la Historia y los que siguen al Cordero adonde quiera que vaya: los que han vivido sin seguridades; mejor aún: los que viven en la única Seguridad que es Dios mismo.


    Hoy celebramos la memoria de la presentación de la Virgen en el Templo. Ella se entregó al Señor sin condiciones, sin cálculos, abandonando todas sus seguridades en Aquel de Quien era amada de un modo singular y especialísimo y a Quien amaba como  jamás nadie lo hizo ni lo hará. 

    Acudamos a la Señora para pedirle que nos lleve con Ella para presentarnos al Señor y que, si aún no lo tenemos, nos regale un deseo siempre creciente de vivir fiados solamente de Dios, de abandonar todas las falsas seguridades. 

    Ojalá que no nos conformemos con vivir como vive la mayoría: aferrados a la tranquilidad que nos proporcionan las cosas, a la falsa seguridad que nos ofrece sentir que lo tenemos todo, que no nos falta de nada. Que la Virgen nos conceda en este día comenzar a soltar el lastre que nos impide volar y soñar poniendo sólo en el Señor nuestra confianza. Que, como Ella, entremos de lleno en ese plan que Dios ha diseñado para hacernos, desde ya, plenamente felices, alegre y confiadamente libres. Que nos decidamos, de una vez por todas, a vivir dejándonos llevar por el Espíritu de Dios.



    domingo, 20 de noviembre de 2016

    Con Él en el Paraíso

    Hoy, solemnidad de Cristo Rey, es un buen día para meditar en qué consiste el reinado del Señor y desear con toda el alma que sea Él el único que reine en nosotros.

    Orígenes nos da una pista para empezar a cooperar con la instauración de ese reinado en nuestra vida: procurar escapar del sometimiento al reinado del pecado. ¿Cómo hacer esto cuando luchar contra el mal supera nuestras fuerzas? El mismo autor apunta una verdad consoladora que llena nuestro corazón de esperanza: nuestros enemigos son los enemigos del Señor y Él, que ya reina en ti y en mí y se pasea por nuestro interior como por un paraíso, no dejará de pelear junto a nosotros y en nuestro favor -realmente es Él el que hace la guerra a los que nos la hacen- hasta someter bajo Su poder a todos esos enemigos interiores que quieren impedir que Cristo reine en ti y en mí.

    Vamos a pedir hoy al Padre que venga a nosotros Su reino sabiendo que, cuando pedimos esto, estamos pidiendo que sea el Señor Quien aniquile a esos que nos hacen la guerra; sabiendo que, si nosotros queremos, la batalla está ganada porque Quien pelea es Aquel que ya ha vencido al mundo. 

    Sí, esperemos paciente y humildemente la victoria del Señor sobre nuestros enemigos interiores presentándonos a Él con nuestra pobreza e impotencia para luchar y vencer. No dudes que el que ya está en Su reino -que eres tú, que soy yo-, nos prometerá lo que prometió al buen ladrón: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43).



    sábado, 19 de noviembre de 2016

    Una seguridad inquebrantable

    El libro del Apocalipsis nos trae hoy un mensaje de esperanza: los testigos del Señor sufrirán la derrota de la muerte tras haber cumplido su misión, pero esa derrota es tan solo aparente porque la victoria del Señor, Dios de vivos, será también de los que hemos sido hecho partícipes de Su Resurrección (Ap 11,4-12).

    Si nos paramos a pensarlo, el día a día también está amenazado por la muerte: morimos cuando contemplamos que nuestros proyectos y planes se van a pique, cuando sufrimos una decepción o un desengaño, cuando perdemos a alguien a quien amamos, cuando nos sentimos atacados, amenazados, incomprendidos, olvidados... 

    Pero en el horizonte de esas "muertes" brilla el sol potente de la Resurrección del Señor. Esa luz, capaz de iluminar nuestro dolor, es testigo de una seguridad inquebrantable: la seguridad que nos recuerda que nada de eso tiene la última palabra. Es la victoria del Señor la que la tiene: Su Resurrección nos recuerda que también nosotros disfrutaremos de Su Vida cuando hayamos traspasado el umbral de nuestras muertes "cotidianas", preludio y ensayo para la última muerte, esa que nos abrirá la puerta de la Casa del Padre.



    viernes, 18 de noviembre de 2016

    Dulzura y amargura

    El libro del Apocalipsis nos presenta hoy a Juan tomando un librito de manos del ángel que le ordena que se lo coma (Ap 10,8-11).

    Ahora Juan somos tú y yo. Y, como él, recibimos de parte de Dios la invitación a tomar Su Palabra para hacerla nuestra asimilándola hasta dejarnos transformar por Ella. Esa Palabra, dulce como todo lo que viene de Dios, también es exigente y vivir de acuerdo a Ella no siempre resulta fácil o grato. Es más, responder a los requerimientos que el Señor nos hace desde lo más íntimo de nosotros mismos cuando tratamos de meditar y asimilar Su Palabra, puede acarrearnos más de un disgusto, puede ponernos en situaciones delicadas. Sí, como a Juan, esa Palabra nos sabrá a miel en la boca, pero una vez que la hayamos acogido, nos provocará ardor de estómago, amargura.

    Ojalá que no tengamos miedo a estas consecuencias porque esa Palabra viva, que es Dios mismo, lleva en Sí la fuerza que nos ayudará a vivir según Ella. Teniéndola con nosotros tenemos al Señor y Él, que nos encomienda las tareas, no nos regateará la gracia necesaria para llevarlas a cabo. La dulzura de Su Palabra nos animará a comerla y la amargura que pueda producirnos nunca dejará de ir acompañada por la gracia para hacer lo que nos diga.



    jueves, 17 de noviembre de 2016

    Reconociendo Su venida

    Hoy contemplamos a Jesús llorando sobre Jerusalén, la ciudad santa que será destruida por no haber reconocido el momento de Su venida (Lc 19,41-44).


    Para reconocer las venidas del Señor a nuestra vida -cada día viene a nosotros de mil modos distintos y se deja encontrar si lo buscamos- hemos de vivir expectantes, atentos, manteniendo una tensión buena que nos permita intuirLe en el acontecer cotidiano. Desear esta actitud vital y tratar de cultivarla, en la medida de nuestras pobres posibilidades, nos separará de todo lo que no es Él y nos preparará para recibirLe como Príncipe de la paz.


    Pido hoy para ti y para mí la actitud atenta, la disponibilidad expectante, la docilidad a las mociones del Espíritu Santo, que no sólo impidan el llanto de Jesús cuando nos mire, sino que llenen Su Corazón de alegría y dibujen una sonrisa que ilumine Su hermosísimo Rostro. Esa luz emanando de la mirada del Señor iluminará las sombras y oscuridades de nuestra vida y nos ayudará a reconocer Su venida.



    miércoles, 16 de noviembre de 2016

    Él va delante

    Se acerca el final del año litúrgico y las parábolas de Jesús nos hablan, como la del Evangelio de hoy (Lc 19,11-28), del señor que marcha a tierras lejanas dejando sus bienes a cargo de sus sirvientes para pedirles cuenta de su administración a su vuelta.

    Este noble que se ausenta de sus propiedades porque va a buscar el título de rey, da a sus servidores la orden de que negocien con lo que les ha dado mientras él vuelve. Este imperativo es para nosotros una invitación a considerar qué es lo que el Señor nos ha regalado -cómo somos, a qué aspiramos, cuáles son los deseos de nuestro corazón, cuál es la dirección a la que apuntan nuestros sueños- y el modo en que podemos "negociar" con ello.

    Vamos a pararnos a pedir al Espíritu Santo que ilumine nuestra verdad más íntima y que nos dé Su fuerza y Su valentía para vivir según ella, cueste lo que cueste. El Señor marcha delante de nosotros subiendo a Jerusalén, donde va a entregar Su vida. Ojalá que tú y yo tengamos el coraje de seguirLe en ese ascenso. Te aseguro que no es imposible porque Él nos precede.



    martes, 15 de noviembre de 2016

    Deseando la Sabiduría

    Hoy, fiesta de san Alberto Magno, la liturgia nos propone una lectura del libro de la Sabiduría (6,18-21. 32-37) que se puede aplicar muy bien a este santo. Y es que el maestro de Tomás de Aquino buscó a Dios en todas las cosas y lo descubrió en ellas armonizando perfectamente las ciencias humanas con la ciencia de Dios.

    Pues bien, tú y yo estamos llamados a lo mismo: a aspirar al conocimiento de Dios; a buscarlo sin descanso en todo lo humano porque Él se revela ahí y en todo ha dejado Su huella para que, si verdaderamente lo buscamos, nos encontremos con Él.

    Esta búsqueda y este encuentro están guiados por la Sabiduría, don de Dios, que acude si se la llama y viene si se la desea. Es Ella la que nos enseña Quién es Dios y, al ir descubriendo Su rostro ante nosotros, hace aumentar nuestro amor hacia Él dándonos a pregustar la vida eterna de la que ya disfrutamos. Porque esta vida consiste en conocer y amar a Dios cada día un poco más; cada vez un poco mejor.

    Basta con querer, con pedirlo al Señor con toda el alma, con frecuentar Su trato, para que sea Él mismo Quien afirme nuestro corazón y nos dé la Sabiduría que deseamos. A Él Le pido, por intercesión de san Alberto, que la deseemos de verdad y nos dispongamos a recibirla de Quien sí que está deseando dárnosla.



    lunes, 14 de noviembre de 2016

    Lo bueno de lo que nos parece malo

    Jesús, después de reprocharnos cariñosamente que hemos abandonado el amor primero, nos anima a convertirnos y volver a vivir como antes; con el mismo ímpetu y generosidad con los que lo seguimos  en los comienzos, cuando apostamos decidida y conscientemente por Él (Ap 2,5a). Y es que, en el seguimiento del Señor, tal y como sucede en otras cosas, a los primeros momentos de entusiasmo siguen otros de desaliento, de fatiga, de cansancio...

    Es en estos momentos cuando comenzamos a sentir que nos pesan los pies del alma, que tropezamos en "cositas" en las que antes ni reparábamos, que ponemos pegas y convertimos en motivo de queja lo que antes asumíamos con total naturalidad.

    El Señor nos conoce mejor que nadie. Nos conoce y nos entiende. Porque forma parte de lo humano el que las cosas pierdan su brillo. Sí, todo lo de aquí sufre el desgaste que producen el transcurso del tiempo, las decepciones, los fracasos, las frustraciones... No te preocupes: Él lo sabe y nos da la gracia para que volvamos a clavar el Él nuestra mirada; para que prescindamos de todo lo que no es Él. Esto es volver al amor primero.

    ¡Qué bueno sentir que las cosas no marchan como nos gustaría! ¡Qué bueno sentirnos incómodos dentro de nuestra propia piel! ¡¡¡Qué bueno!!! Porque todo eso que nos escuece, que nos pincha o nos duele; todo, absolutamente todo lo que, de un modo u otro, nos hace enfrentarnos una y otra vez con los límites propios y los de los que nos rodean, nos impele a gritar con el ciego de Jericó que pone ante nuestra mirada contemplativa el Evangelio de hoy (Lc 18,35-43): "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí". Esto es lo bueno de lo que nos parece malo: que, si nos dejamos atraer por Jesús que pasa a nuestro lado, podremos presentarnos ante Él tal y como estamos para que nos cure, para que volvamos de nuevo a darLe gloria, para volver al amor primero tantas veces como haga falta.